Cuando los políticos solo hablan de las cosas de otros políticos

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Hay en la política española una vocación antiquísima por el aseo ajeno. No por el propio, claro, que ese suele oler a colonia cara y a promesa electoral sin cumplir. Me refiero a esa costumbre tan arraigada de escudriñar la camisa del de enfrente mientras la propia lleva semanas sin ver una plancha.

Decía Quevedo que «poderoso caballero es don Dinero», pero en el parlamento actual español el verdadero poderoso es quien controla el micrófono en el momento en que al rival se le ve una arruga. Ahí está el negocio. Ahí está la estrategia. No en el debate de ideas, no en las propuestas de ley, sino en el comentario sobre si el contrincante se ha duchado esta mañana o lleva la corbata torcida.

Es una tradición con solera. Romana, casi. Los senadores de toga inmaculada señalaban con el dedo a quien llegaba con el manto manchado, ignorando convenientemente que ellos acababan de salir del mismo lodazal. La diferencia es que los romanos, al menos, tenían termas públicas. Nosotros tenemos las redes sociales.

«Ande yo caliente, ríase la gente», escribió el mismo Quevedo, y parece que algunos lo han tomado como manual de estilo parlamentario. Mientras el país debate sobre vivienda, guerras, pensiones o el precio de la cesta de la compra, hay quien encuentra en el aspecto físico del adversario un argumento político de primer orden. Un hallazgo intelectual de envergadura. Una aportación al debate democrático que sin duda pasará a los libros de historia, aunque sea en el capítulo dedicado a los momentos más prescindibles.

Lo más fascinante del fenómeno no es la ocurrencia en sí, sino la seriedad con que se defiende. Con gesto grave. Con convicción. Como si la higiene personal fuera un indicador fiable de la capacidad para gestionar presupuestos o negociar tratados internacionales. Napoleón, que no era conocido precisamente por su altura ni por su aroma, reorganizó media Europa. Churchill, que según sus biógrafos mantenía con el baño una relación intermitente, ganó una guerra mundial. Nadie les preguntó por el champú.

Escribió Quevedo que «es más fácil conocer al hombre por la nariz que por la razón». Cuatro siglos después, algunos políticos siguen demostrando que la sentencia no ha envejecido mal. La nariz, en efecto, sigue ganando a la razón por goleada en ciertos hemiciclos.

Al final, quizás el problema no sea el aseo del adversario. Quizás el problema sea que, cuando no hay nada que decir, el olfato llena el vacío que debería ocupar el argumento. Y que una democracia que debate sobre el champú de sus representantes huele, independientemente de quién se haya duchado, bastante mal.

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