El eterno teatro del Oriente Medio: cuando los «guardianes del orden» prenden el fuego

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Hay algo profundamente tranquilizador en la coherencia del imperialismo: nunca cambia de método, solo de víctima. Cuando Washington apunta sus portaaviones hacia el Golfo Pérsico y Tel Aviv afina sus discursos sobre «amenazas existenciales», uno no puede evitar sentir esa sensación de déjà vu que solo produce la historia cíclica de los poderosos decidiendo, desde sus despachos climatizados, el destino de pueblos que ni siquiera pueden pronunciar sus nombres correctamente en los mapas.

Irán lleva décadas siendo el villano favorito del libreto occidental. Un papel cómodo, renovable, y sobre todo útil. Útil para vender armamento, para justificar presupuestos militares sin fondo, para desviar la atención de asuntos más incómodos en casa. Porque, seamos honestos: ninguna potencia que haya bombardeado más países en los últimos setenta años que los propios Estados Unidos tiene demasiada autoridad moral para señalar quién representa una «amenaza para la paz mundial».

Hablemos del contexto, ese elemento tan incómodo que los grandes medios prefieren omitir. En 1953, la CIA orquestó el derrocamiento de Mohammad Mosaddegh, el primer ministro democráticamente electo de Irán, porque tuvo la audacia de nacionalizar el petróleo de su propio país. Una insolencia imperdonable. Washington instaló entonces al Sha, un régimen represivo que gobernó durante décadas con pleno respaldo occidental. Cuando el pueblo iraní se hartó y se produjo la Revolución de 1979, Occidente se rasgó las vestiduras. El cinismo tiene sus rituales.

Después llegaron los ocho años de guerra Irán-Irak (1980-1988), en la que Estados Unidos suministró inteligencia, armas químicas y apoyo diplomático a Saddam Hussein —sí, el mismo Saddam que años después se convertiría en el siguiente «Hitler» a eliminar—. La realpolitik tiene una memoria selectiva y una moral de goma.

Israel, por su parte, lleva años ejecutando una política de hechos consumados en la región que haría sonrojar a cualquier manual de derecho internacional. Los asentamientos en Cisjordania crecen como champiñones después de la lluvia, los bombardeos sobre Gaza y Líbano se describen como «defensa propia» con una creatividad conceptual digna de estudio, y las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU se acumulan en cajones como papel mojado. Todo ello bajo el paraguas protector del veto estadounidense, ese mecanismo tan elegante que permite llamarse «orden internacional basado en reglas» mientras se aplican reglas distintas según el cliente.

Y aquí aparecen los gobiernos de ultraderecha, ese fenómeno que creíamos superado y que ha vuelto con renovado entusiasmo por los mapas y las fronteras ajenas. El apetito territorial de ciertos regímenes de extrema derecha —tanto en Europa del Este como en Oriente Próximo— responde a una lógica bien conocida históricamente: la expansión como proyecto nacional, el «lebensraum» conceptual del siglo XXI. La diferencia es que hoy se envuelve en retórica de seguridad y se vende en redes sociales con infografías atractivas.

No hace falta ir muy lejos en los libros de historia para reconocer el patrón: la Alemania de los años treinta también justificaba cada anexión como una medida «preventiva» o de «reunificación de pueblos amenazados». Austria en 1938, los Sudetes ese mismo año, Polonia en 1939. Cada vez, el agresor presentaba credenciales de víctima. La narrativa de la amenaza existencial es tan antigua como el imperialismo mismo.

Lo que está ocurriendo con Irán en este momento no es una crisis aislada. Es el último capítulo de un relato imperial que lleva un siglo reescribiéndose con las mismas palabras: «democracia», «seguridad», «amenaza nuclear», «régimen ilegítimo». El problema no es Irán, que tiene sus propias contradicciones internas que sus ciudadanos merecen resolver soberanamente. El problema es el sistema de poder que decide quién tiene derecho a existir como estado soberano y quién debe ser «reformado» desde el exterior, preferentemente con munición de precisión.

Mientras tanto, el pueblo iraní —como el iraquí, el sirio, el libio, el palestino— paga con su vida y con su futuro las facturas de una geopolítica que se escribe en idiomas que no son el suyo. Esa es la verdadera obscenidad de la situación: que el debate internacional se centre en estrategias militares, en líneas rojas y en cumbres de cancilleres, mientras millones de personas concretas viven bajo la sombra permanente de una guerra que alguien, muy lejos de allí, podría decidir iniciar mañana.

La historia no juzga solo a quienes disparan. Juzga también a quienes miran, a quienes callan, y a quienes aplauden desde la comodidad de sus certezas ideológicas. Si algo nos ha enseñado el siglo XX es que los grandes crímenes no se cometen en la oscuridad: se cometen a plena luz, con justificaciones presentables, mientras el mundo sigue mirando otra pantalla.

El teatro del Oriente Medio lleva décadas con la misma función en cartel. Solo cambian los actores secundarios. El protagonista —el interés imperial disfrazado de orden y seguridad— nunca abandona el escenario.

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